De hoy Álvaro Sáenz Zúñiga, presbítero asaenz@liturgo.org Fariseos y saduceos son fanáticos religiosos enemigos de Jesús: unos se apegan a la ley, y creen salvarse por ella. Los otros niegan la resurrección. Ellos atacan siempre a Jesús pero hoy, al enterarse de que él había “apaliado” a los saduceos, los fariseos le hacen una pregunta capciosa sobre el primero de los mandamientos. Hasta un niño de catequesis sabe hoy que el primer mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas. Pero para los hebreos esto no era tan simple. Tenían cerca de 1.000 normas: unos 300 mandamientos y más de 600 preceptos, todos con el mismo valor y categorías. La pregunta era sagaz y se prestaba para discusiones estériles. Pero la respuesta del Señor es precisa. Amar a Dios con todo el corazón, el alma, la mente y el ser, es el mandamiento principal y primero. Y no se queda allí. Al primero engarza lo que llama “segundo mandamiento”. Si el amor a Dios es lo principal, el amor al prójimo, amor semejante al que tengo por mí, es el segundo mandato. San Agustín, inspirándose quizá en este pasaje, decía: “Ama y haz lo que quieras”. Con ello interpreta con suma claridad lo dicho por Jesús: “De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”. Amar es cumplir toda la ley, el que ama no puede pecar. Jesús nos propone hoy la perfecta herramienta para asumir el proyecto divino, y nos demuestra que somos hechos a imagen de Dios. Como Dios podemos amar. Amando con su amor, nos parecemos a Él. Hay SEO que amar como Dios, sin egoísmos ni mediocridades, sin desórdenes ni extravíos. El amor es Dios mismo. Al amar a Dios por sobre todo, empieza la síntesis perfecta. Así se logra amar al prójimo, al amigo, al cónyuge, al enemigo.
